la bella forma en que sumerges las mejores palabras, a la miel más tormentosa y brillante, me hace pensar que entre nosotros hay un sobre enmantequillado que se desliza mantecosa y límpidamente por lo más tembloroso de la conciencia. y el gran trofeo es que nuestras cabezas no huelen al polvo del adobe sino que al paso de una bota por dentro hacia el umbral eterno y esquivo del espejo.
he pensado en el accidente que podría salvarnos, pero la imagen de nuestro rescate tenía yo por selladamente adherida al papel incuestionable de una historia elegantemente concluída, soslayando el verdadero accidente del proceder que invadía -también como una dualidad esquizofrénica- mi cabeza hacia el único y gran modo de permanecer y tropezarme incansablemente contigo por una escalera que no sube ni baja pero gira como el tagadá, con sonidos ya masticados y tu mano apretándome de forma desmesurada, sólo para sentirme los huesos más hondos, sólo para saber que tu cara es la única que no se rompe en la masa desenfocada del movimiento frenético y cotidiano. podría darte más pruebas, todas las pruebas que quisieres, si hiciese falta para convencerte que bajo la piel que arañas se bombea la misma intención fogosa de la más pura hoguera refrescante, pero no podría dejar de ponerme el uniforme de falso miliciano y, de una vez por todas, sabotear todas las rutas que nos alejen del gran viaje.
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